
Moriré un día gris y lluvioso, cuando las chicharras, hayan dejado de romper el aire con su grito desarmado. Será el día en que dejes de amarme, el día que mi sangre se congele en espera, debajo de la tarde húmeda, encima de tu pecho. Moriré y seré yo, en los días de tormenta, viajaré en los nubarrones que cubran tu cielo, seré el gemido doliente de quienes aman a las piedras, el rincón de quienes lloran en silencio, la hoja en blanco, que espera las musas de los poetas. Moriré y seré en vos una foto, una canción desesperada, miles de cartas de amor y un millón de malas presencias. Seré la peste en tu conciencia. La esclava de tu bondad. Moriré y serás mi cuerpo, mis huesos desgastados, mis ojos corroídos, la tierra donde descansa este cuerpo, que amabas por instantes. Serás el alma infiel, tendida a los pies del dolor, las noches de agonía, los amaneceres de espera, y las tardes de angustia. Moriré sin que repares pues, marcaste ese día, con fuego en mi memoria. Ese día cualquiera en que dejaste de besarme. Pero me recordarás cuando en tus labios crezcan espinas, cuando alguien te hable de amor, cuando gimas, cuando suspires y te engañes, cuando el día sea gris y lluvioso, y las chicharras, dejen de romper el aire con su grito desarmado, porque habré muerto ese día.
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